El triunfo de las ciudades

El triunfo de las ciudades

Ciudad

En las calles de Florencia surgió el Renacimiento, y en las de Birmingham la Revolución Industrial

Las ciudades han sobrevivido al tumultuoso fin de la era industrial y ahora son más prósperas, más saludables y más atractivas que nunca


Doscientos cuarenta y tres millones de estadounidenses se concentran en el 3 por ciento urbano del país. En Tokio y sus alrededores, el área metropolitana más productiva del mundo, viven treinta y seis millones de personas.

En el centro de Bombay residen doce millones de personas, y el tamaño de Shanghái es aproximadamente el mismo. En un planeta que dispone de enormes cantidades de espacio (toda la humanidad cabría en

Texas, cada uno de nosotros con su propia vivienda unifamiliar) preferimos las ciudades. Pese a que en la actualidad sea más barato recorrer grandes distancias o trasladarse de las montañas de Ozark a Azerbaiyán, cada vez más gente vive en las grandes áreas metropolitanas. Cada mes acuden a las ciudades de los países envías de desarrollo cinco millones de personas más, y en 2011 más de la mitad de la población del mundo es urbana.

Las ciudades, esas densas aglomeraciones que salpican el planeta, han sido motores de innovación desde los tiempos en que Platón y Sócrates discutían en los mercados atenienses. En las calles de Florencia surgió el Renacimiento, y en las de Birmingham la Revolución Industrial. La gran prosperidad del Londres contemporáneo, de Bangalore y de Tokio se debe a su capacidad de generar nuevas ideas. Recorrer estas ciudades, sea por aceras adoquinadas o por una maraña de callejuelas, alrededor de rotondas o debajo de las autopistas, equivale a estudiar el progreso humano.

En los países más ricos de Occidente, las ciudades han sobrevivido al tumultuoso fin de la era industrial y ahora son más prósperas, más saludables y más atractivas que nunca. En las áreas más pobres del mundo, las ciudades están creciendo a un ritmo enorme porque la densidad urbana ofrece el camino más corto para pasar de la miseria a la prosperidad. A pesar de los avances tecnológicos que han suprimido las distancias, resulta que el mundo no es plano, sino que está pavimentado. La ciudad ha triunfado. Sin embargo, como muchos sabemos por experiencia, a veces las vías urbanas, pese a estar pavimentadas, parecen conducir al infierno. Puede que la ciudad gane, pero muy a menudo sus ciudadanos pierden. Toda infancia urbana está conformada por una avalancha extraordinaria de personas y de experiencias; algunas, como la sensación de poder que le confiere a un preadolescente viajar solo en metro por primera vez, son deliciosas; otras lo son menos, como presenciar un tiroteo en un entorno urbano por primera vez (una parte inolvidable de mi propia infancia en Nueva York hace treinta y cinco años). Por cada Quinta Avenida, hay un suburbio de Bombay; por cada Sorbona, hay un instituto de Washington D. C., custodiado por detectores de metales.

Mi pasión por el mundo urbano comenzó en el Nueva York de Ed Koch, Thurman Munson y Leonard Bernstein. Inspirado por mi infancia metropolitana, me he pasado la vida tratando de entenderlas ciudades. Esa pasión ha tenido una base en teorías y datos económicos, pero también me ha llevado a recorrer las calles de Moscú, São Paulo y Bombay, así como a investigar la historia de bulliciosas metrópolis y la historia cotidiana de quienes viven y trabajan en ellas. Me apasiona tanto el estudio de las ciudades porque plantea interrogantes fascinantes, importantes y muchas veces perturbadores. ¿Por qué las personas más ricas y las más pobres del mundo viven tantas veces los unos al lado de los otros? ¿Cómo se deterioran ciudades antes florecientes? ¿Por qué algunas de ellas vuelven dramáticamente al primer plano? ¿Por qué surgen tan rápidamente tantos movimientos artísticos en determinadas ciudades en momentos concretos? ¿Por qué tanta gente inteligente pone en práctica unas políticas municipales tan necias?

Dentro de Estados Unidos, los trabajadores de áreas metropolitanas en las que hay grandes ciudades ganan un 30 por ciento más que los trabajadores que no viven en áreas metropolitanas. Estos elevados salarios se ven contrarrestados por el coste de la vida, más alto, aunque eso no modifique el hecho de que los salarios elevados son un indicador de alta productividad. La única razón por la que las empresas soportan los altos costes laborales e inmobiliarios de ubicarse en una ciudad es que esta ofrece ventajas de productividad que compensan esos costes. Los estadounidenses que viven en áreas metropolitanas con más de un millón de residentes son, de promedio, un 50 por ciento más productivos que los que viven en áreas metropolitanas más pequeñas.

Las proporciones son las mismas si tenemos en cuenta los cocientes intelectuales de los trabajadores individuales. La brecha de ingresos entre las áreas metropolitanas y las rurales es igual de grande que en otros países ricos, y aún mayor en los países pobres.

En Europa y Norteamérica, las ciudades aceleran la innovación vinculando entre sí a sus habitantes inteligentes, pero en el mundo en vías de desarrollo las ciudades desempeñan un papel todavía más decisivo: son puntos de comunicación entre mercados y culturas. En el siglo XIX, Bombay fue la puerta de entrada del algodón. En el siglo XXI, Bangalore es una puerta de entrada de ideas. Si a un norteamericano o europeo medio se le hubiera mencionado la India en 1990, lo más probable es que hubiese farfullado incómodamente acerca de la tragedia que representa la pobreza en el Tercer Mundo. En la actualidad, sería más probable que esa persona farfullara incómodamente acerca de la posibilidad de que su empleo sea subcontratado en Bangalore. La India sigue siendo un país pobre, pero está creciendo a un ritmo febril, y Bangalore, la quinta ciudad más grande del país, se cuenta entre las grandes historias de éxito del continente. La riqueza de Bangalore procede no solo de su poderío industrial (pese a que sigue siendo un importante centro de producción textil), sino también de su fuerza como centro productor de ideas. Al concentrar tanto talento en un mismo lugar, Bangalore facilita la asimilación de ese talento tanto por los lugareños como por los forasteros, procedan de Singapur o de Silicon Valley, y también que entren en contacto con el capital humano indio. Haciéndose eco de los anti urbes de todos los tiempos, Mahatma
Gandhi dijo que «la verdadera India no está en sus pocas ciudades, sino en sus setecientas mil aldeas», y que «el desarrollo de la nación depende no de las ciudades, sino de las aldeas». Aquel gran hombre se equivocaba; el desarrollo de la India depende casi por completo de sus ciudades. En todos los países se da una correlación casi perfecta entre urbanización y prosperidad. A medida que la proporción de población urbana de una nación aumenta en un 10 por ciento, el rendimiento per cápita aumenta en una media del 30 por ciento. Los ingresos per cápita son casi cuatro veces más altos en los países donde la mayoría de la población vive en ciudades que en aquellos donde la mayoría de la población vive en áreas rurales.

Existe el mito de que a pesar de que las ciudades aumentan la prosperidad, no por ello dejan de ser deprimentes. Sin embargo, en los países más urbanizados la gente dice ser más feliz. En los países donde más de la mitad de la población es urbana, el 30 por
ciento de la gente dice ser muy feliz y el 17 por ciento que no lo es demasiado o que no lo es en absoluto. En los países donde más de la mitad de la población es rural, el 25 por ciento de la gente dice ser muy feliz y el 22 por ciento que no lo es. En todos los países, la satisfacción existencial aumenta en proporción al porcentaje de población que vive en ciudades, incluso teniendo en cuenta los ingresos y el nivel educativo del país.
Así, ciudades como Bombay, Calcuta y Bangalore no solo estimulan la economía india, sino también su estado de ánimo. Y desde luego no son ciudades «anti indias», del mismo modo que Nueva York no es anti americana. Esas ciudades son, desde muchos puntos de vista, los lugares donde se expresa de forma más plena el genio de su país.

La capacidad urbana para fomentar la brillantez cooperativa no es nueva. Durante siglos, las innovaciones se difundieron de una persona a otra en calles urbanas abarrotadas. Cuando Brunelleschi descubrió la geometría de la perspectiva lineal durante el Renacimiento florentino, desencadenó una explosión de genio artístico. Transmitió sus conocimientos a su amigo Donatello, que incorporó la perspectiva lineal a los bajorrelieves. Su común amigo Masaccio introdujo la innovación en pintura. Las innovaciones artísticas de Florencia fueron gloriosos efectos secundarios de la concentración urbana. La riqueza de la ciudad procedía de actividades más prosaicas: la banca y las manufacturas textiles. En la actualidad, sin embargo, Bangalore, Nueva York y Londres dependen todas de su capacidad de innovación. La difusión del conocimiento de ingeniero a ingeniero, de comerciante a comerciante, es igual que el vuelo de las ideas de un pintor a otro, y hace mucho que la densidad urbana constituye un elemento central de ese proceso.

La vitalidad de Nueva York y de Bangalore no significa que todas las ciudades triunfen. En 1950, Detroit era la quinta ciudad más grande de Estados Unidos y tenía 1,85 millones de habitantes. En 2008, tenía 777.000, menos de la mitad de esa cifra, y seguía perdiendo población a un ritmo constante. Ocho de las diez ciudades norteamericanas más grandes en 1950 han perdido al menos una quinta parte de su población desde entonces. El fracaso de Detroit y de tantas otras ciudades industriales no se puede achacar a las ciudades en general, sino más bien a la esterilidad de aquellas ciudades que perdieron el contacto con los ingredientes esenciales de la reinvención urbana.
Las ciudades prosperan cuando en ellas abundan las pequeñas empresas y los ciudadanos con formación. En otro tiempo, Detroit era una colmena llena de pequeños inventores relacionados entre sí. Henry Ford fue uno más entre muchos empresarios de talento. Sin embargo, el insólito éxito de la gran idea de Ford destruyó la ciudad antigua, que era más innovadora. En el siglo XX, la expansión de Detroit atrajo a cientos de miles de trabajadores menos cualificados a inmensas fábricas que se convirtieron en fortalezas separadas de la ciudad y del mundo. Mientras que la diversidad industrial, la capacidad empresarial y la educación conducen a la innovación, el modelo Detroit condujo a la decadencia urbana. La era de la ciudad industrial ha terminado, al menos en Occidente.

Muchos funcionarios de ciudades atribuladas creen erróneamente que pueden devolver a su ciudad a su antiguo esplendor mediante proyectos masivos de construcción, nuevos estadios o sistemas de tren ligero, centros de convenciones o complejos de viviendas. Con muy pocas excepciones, ninguna política pública puede frenar el maremoto del cambio urbano. No debemos olvidarnos de las necesidades de los pobres que viven en el «cinturón de óxido», pero las políticas públicas tienen que ayudar a los pobres, no a las ciudades pobres. Los inmuebles nuevos y resplandecientes pueden disimular la decadencia de una ciudad, pero no pueden resolver los problemas subyacentes. El rasgo distintivo de las ciudades en declive es que tienen demasiadas viviendas e infraestructuras en relación con la pujanza de sus economías. Con tanta oferta de viviendas y tan poca demanda, no tiene ningún sentido utilizar dinero público para construir más. La insensatez de la renovación urbana basada en los proyectos de construcción nos recuerda que las ciudades no están constituidas por edificios, sino por personas. Tras el huracán Katrina, los constructores quisieron invertir miles de millones de dólares en reconstruir Nueva Orleans, pero si a la población de esa ciudad se le hubiera entregado 200.000 millones de dólares a cada uno de ellos habría recibido 400.000 dólares para pagarse una mudanza o unos estudios o una vivienda mejor en otra parte. Incluso antes de la inundación, Nueva Orleans había cuidado mediocremente de sus pobres. ¿Realmente tenía sentido gastar miles de millones de dólares en la infraestructura de la ciudad, cuando ese dinero hacía tanta falta para ayudar a educar a los niños de Nueva Orleans? La grandeza de Nueva Orleans siempre ha procedido de su pueblo, no de sus edificios. ¿No habría sido más sensato preguntarse cómo podrían haberse utilizado el gasto público para hacer todo lo posible por las víctimas del huracán, incluso si estas se hubieran marchado a vivir a otra parte?

En última instancia, la tarea de un gobierno municipal no es financiar edificios ni vías férreas incapaces de sufragar sus propios costes, sino cuidar de los habitantes de su ciudad. Un alcalde capaz de educar a los niños de una ciudad para que puedan tener oportunidades en la otra punta del planeta está triunfando aunque su ciudad disminuya de tamaño.

Pese a que la pobreza sin límites de Detroit y de ciudades parecidas pone claramente de manifiesto la penuria urbana, no toda pobreza urbana es mala. Es fácil imaginar por qué alguien que visite un barrio bajo de Calcuta podría compartir el punto de vista de Gandhi y poner en duda que urbanizar masivamente sea inteligente, pero la pobreza urbana tiene muchas cosas buenas. Las ciudades no empobrecen a la gente, sino que atraen a los pobres. El influjo de gente menos afortunada que reciben las ciudades, ya se trate de Río de Janeiro o de Róterdam, es una prueba de las virtudes de las ciudades, no de sus defectos. Las construcciones urbanas pueden durar siglos, pero las poblaciones urbanas son fluidas. Más de una cuarta parte de los habitantes de Manhattan no vivía allí hace cinco años. Los pobres acuden constantemente a Nueva York, a São Paulo y a Bombay en busca de algo mejor, y ese es un hecho de la vida urbana que habría que celebrar.

La pobreza urbana no debería compararse con la riqueza urbana sino con la pobreza rural. Puede que las favelas de Río de Janeiro resulten terribles en comparación con un próspero barrio residencial de Chicago, pero los niveles de pobreza de Río de Janeiro son mucho más bajos que los del nordeste rural brasileño. Los pobres no tienen forma de enriquecerse con rapidez, pero pueden elegir entre las ciudades y el campo, y muchos de ellos, de forma muy sensata, eligen las ciudades. El flujo de ricos y pobres a las ciudades dinamiza las áreas urbanas, pero es difícil no reparar en los costes de concentrar la miseria. La proximidad facilita el intercambio de ideas y bienes pero también el intercambio de bacterias y el robo de bolsos. Todas las ciudades antiguas del mundo sufrieron los grandes azotes de la vida urbana: la enfermedad, el delito y el hacinamiento. Y la lucha contra estos males nunca se ha ganado aceptando pasivamente
el statu quo o fiándolo todo ciegamente al mercado libre.

Los grandes pasos adelante que dieron las ciudades estadounidenses y europeas seguramente se repetirán en las ciudades de los países en vías de desarrollo en el siglo XXI, y eso hará que el mundo sea todavía más urbano. En la actualidad, la ciudad de Nueva York, donde se esperaba que los muchachos nacidos en 1901 vivieran siete años menos que sus homólogos estadounidenses del campo, es mucho más saludable que el país en su conjunto. Las victorias urbanas sobre el delito y la enfermedad permitieron a las ciudades prosperar no solo como centros productivos, sino también como centros de placer. La magnitud urbana hace posible soportar los gastos fijos de teatros, museos y restaurantes. Los museos requieren grandes y costosas exposiciones, así como instalaciones atractivas y a menudo prohibitivas; los teatros necesitan escenarios, iluminación, equipos de sonido y muchos ensayos. En las ciudades, estos gastos fijos son asequibles porque se reparten entre miles de visitantes y aficionados.
A lo largo de la historia, la mayoría de las personas fueron demasiado pobres para permitir que sus gustos en materia de entretenimiento determinarán su lugar de residencia, y mal podía considerarse a las ciudades como zonas de placer. Y no obstante, a medida que la gente se ha vuelto más rica, cada vez ha tendido a elegir más las ciudades en función de su estilo de vida: así nació la ciudad del consumo.

 Por Edward Glaeser

 

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